El Tango II: Producto de exportación de nuestra identidad

En el mundo de hoy el tango es un negocio que moviliza grandes recursos. Recientes estudios señalan que mueve cerca de 2.000 millones de dólares al año. Sin embargo, de esta cifra, Argentina sólo recibe alrededor de 180 millones. Sólo este dato nos permite advertir que aquello que entendemos como espacios comunes de identidad no somos capaces de percibirlos como oportunidades para posicionarnos en el mundo.

La Tercera, Domingo 31 de Diciembre del 2000

En el anterior artículo, sostuve que aún cuando el tango evoca Argentina, es también un fenómeno cultural globalizado. Pero, al tiempo que observamos aquello, además sentimos que es más nuestro que de los europeos o los japoneses y que más que una incorporación de su naturaleza a nuestra cultura es más bien parte de nuestra naturaleza.

Pero en el mundo de hoy el tango es también un negocio que moviliza grandes recursos. Recientes estudios en Argentina, señalan que, como negocio, evidencia un rendimiento espectacular. Se calcula que actualmente mueve cerca de 2.000 millones de dólares al año en todo el mundo. Sin embargo, de esta cifra, Argentina sólo recibe alrededor de 180 millones. Sólo este dato nos permite advertir en su real dimensión que aquello que entendemos como espacios comunes de identidad no somos capaces de percibirlos como espacios de oportunidades para posicionarnos en el mundo.

En Japón una señal de cable dedicada exclusivamente al tango tiene 2 millones de abonados. En París, 3.000 personas asisten regularmente a clases de tango y en el mundo existen 25 grandes festivales internacionales de tango. Cuando me entero que al festival internacional de Finlandia asisten cerca de 400.000 personas, me pregunto si no somos nosotros quienes con más propiedad podemos ser los pedagogos, conductores y empresarios de estos flujos interculturales que el tango produce.

Sostengo que una de las características de la economía en la era de la globalización es que las capas sociales medias altas en los países del primer mundo requieren de servicios de alta sofisticación, sobre todo en el ámbito cultural. En Japón, la demanda de músicos y bailarines es altísima. Pero los argentinos -e incluso chilenos- que cubren esta demanda no sostienen, la mayoría de las veces, la administración del negocio. Más aún cuando las estimaciones existentes lo ponen como uno de los productos de exportación con expectativas de más rápido crecimiento en la Argentina en los próximos años. Se espera que de los 180 millones de retornos actual se pase a los 400 millones el 2005. Un estudio de la consultora Booz Allen & Hamilton para la compañía Tango City concluyó que la marca tango tiene un peso específico casi comparable al de la Coca Cola.

El tango es un buen ejemplo de cómo nuestro espíritu emprendedor puede orientar la creación de riquezas desde nuestras identidades y de cómo podemos estimular la asociación de identidades en un objetivo común de fortaleza.

Por cierto, el tango no es, en este sentido, sino una apasionada y comprometida excusa para develar una cuestión más fundamental: nuestro destino pende de la manera de cómo sostengamos aquellos rasgos de identidad que nos constituyen, no en autopercepciones estériles, inmóviles e improductivas sino en un constante entrenamiento de nuestras habilidades para crear identidades sólidas, que se recrean en el tiempo y que también se constituyen como estrategias comerciales.

Con todo, es previsible un cuestionamiento inicial a esta idea de pensar en un producto cultural de origen argentino como base de identidad para desarrollar un posicionamiento de negocios desde Chile. Antepongo a ello dos argumentos.

Primero, nuestra identidad con el tango nos permite pensar en las afinidades culturales que tenemos con países como Argentina y Uruguay y cómo esta identidad podemos apreciarla como una oportunidad en el que la idea de "nosotros" crece y se alimenta. Este espacio cultural es un espacio de desarrollo de nuestro ser que se constituye en sus relaciones y en su estado de permanente proyección. La protección de una identidad "pura" chilena no nos otorga esta posibilidad, porque deja al mundo como está: aquel "nosotros" y aquel "mundo" se entienden como objetos, incólumes y petrificados, que como tales no se pueden reinventar ni abrir a nuevas realidades.

En la película "Il Postino", Neruda aparece, desde la mirada europea, bailando e identificado con el tango. Cabe entonces hacerse la pregunta de por qué si el director de cine español Carlos Saura no tiene complejo alguno en rodar una película llamada "Tango" o si Raúl Julia junto a Marcos Zurinaga ambos portorriqueños, emprenden la realización de la película "Tango-Bar", nosotros no podamos dar pasos para desarrollar expresiones de una cultura hispana en su sentido más amplio.

En segundo término, lo anterior se expresa desde ya en el hecho de que, por ejemplo, un tailandés con seguridad no percibirá una diferencia tajante entre un argentino o un chileno, tal y como para nosotros no la existe entre un sujeto de Cabo Verde y uno del Congo. Existe una base real de identidad entre nuestras culturas, que en su complementariedad, nos permite también una mutua retroalimentación y el cultivo de un afecto común.

Un cambio de mirada en esta dirección nos abrirá otras puertas y oportunidades y nos develará otros aspectos comunes que potencien nuestra identidad. En la forma de vivir la vida y la intensidad del amor, en la agudeza de nuestro sentido del humor, en nuestra común valoración de la amistad y en nuestras expresiones artísticas.

Chile debe moverse en los espacios donde puede ejercer influencia, articulando en ellos redes de expansión y de marketing. En una época de incertidumbres, debemos pensar que el cultivo de una práctica de propagación cultural y comercial será clave en la consolidación de nuestra posición internacional.