Cambio, fuera y agradecimientos

Necesitamos un nuevo acuerdo económico que se oriente desde un adecuado diagnóstico sobre el mundo que enfrentamos como país al corto y mediano plazo y sepa percibir las oportunidades que ofrece. Ni la dirigencia empresarial ni la dirigencia del trabajo organizado, ni muchos sectores en el gobierno están aún en sintonía con los desafíos de la globalización.

La Tercera, Domingo 11 de Marzo del 2001

Esta oportunidad que me brindó La Tercera, que agradezco calurosamente, me permitió explorar parte de mis puntos de vista sobre Chile y nuestro futuro. En su momento no esperaba la posibilidad de ser candidato a senador. Efectivamente "la vida me dio sorpresas". Pienso que reaccioné ante ella con entusiasmo y a tiempo porque sintonizó con decisiones que ya había decantado anteriormente. Siento reafirmadas las razones por las que decidí volver a Chile: las conversaciones que en los últimos días he desarrollado me siguen gestando la emoción de vivir un "nosotros" colectivo por el cual siento un genuino afecto.

Pero a la vez este tiempo me ha hecho razonar sobre los entrampamientos en los que Chile persiste: Primero, la permanente tendencia a estados de ánimo negativos. Sobre este tópico hablamos en el anterior artículo. Baste reafirmar mi convicción de que la capacidad de generar estados de ánimo positivos constituye el fundamento para el éxito de toda posibilidad creadora y productiva, de todo proyecto y compromiso, tanto personal como colectivo.

Segundo, un tipo de racionalidad en la que transcurre y se reproduce nuestra discusión económica, que es necesario superar. Necesitamos un nuevo acuerdo económico que se oriente desde un adecuado diagnóstico sobre el mundo que enfrentamos como país al corto y mediano plazo y sepa percibir las oportunidades que ofrece. Ni la dirigencia empresarial ni la dirigencia del trabajo organizado, ni muchos sectores en el gobierno están aún en sintonía con los desafíos de la globalización. Desde este punto de vista, resulta absurda la acusación sobre la falta de voluntad de los empresarios para invertir en un contexto en el que probablemente muchos de ellos no saben realmente dónde invertir. Y también resulta absurda la majadera insistencia de exigir señales de confianza al Presidente Lagos por parte de algunos sectores empresariales.

Mirado desde fuera Chile parece un país en que sus actores se retroalimentan en la descalificación mutua, en la exigencia de garantías, en el cultivo de la desconfianza. Pero si sacamos el velo, veremos más bien confusión y perplejidad, falta de liderazgo, e incapacidad de convocar pensando en un horizonte estratégico para el país.

No hay peor ciego que aquel que no quiere ver que no esta viendo.

Hoy en día, el valor lo están produciendo empresas asociadas a la innovación y diferenciación, mientras que van en decaimiento los países que generan sólo materias primas. Chile debe enfocar su estrategia hacia estos sectores.

Los conceptos claves son innovación, cercanía al cliente, rapidez y flexibilidad, para advertir las preocupaciones no resueltas en el constante movimiento e innovación tecnológica y transformarlas en oportunidades.

Esta disposición es extensible también al cultivo de nuestra identidad cultural y nuestra capacidad de crear un atractivo marketing de ella, basada en la calidad de nuestra gente y en nuestros encantos, que los tenemos: existe una tendencia en las capas medias altas y altas de los países del primer mundo a desarrollar servicios y necesidades más sofisticadas, sobre todo en el ámbito de los servicios, el entretenimiento y la cultura. Este es un espacio en que Chile y sus regiones pueden inspeccionar con creatividad. Chile debe emigrar a los espacios donde puede ejercer influencia.

Una condición básica y necesaria para lograrlo es asumir, como país y seriamente, nuestra crisis educacional. "Seriamente" quiere decir que esta crisis no puede resolverse sólo con una reforma del sistema institucional existente. No son meros cambios en el ámbito de la escuela, o de orden metodológico. Se trata de una tarea común, donde el profesor vuelve a ser un "maestro", catalizador y organizador del conjunto de la sociedad para el cultivo y desarrollo de las habilidades necesarias en el mundo de hoy. Además los maestros debieran provenir de todos los sectores de la sociedad que ha recogido sus ricas experiencias para convertirse en mentores complementarios al rol tradicional del profesor.

Las habilidades que debemos cultivar son básicamente las emprendedoras, las innovativas y las que permiten desarrollar la destreza para posicionarse en los lugares justos y a tiempo. En un mundo en que se cambian constantemente las experticias y las especialidades, se trata de un proceso de cambio cultural y de mentalidad de todos nosotros.

Tercero, aún no somos capaces de superar las heridas que mantienen divididos a los chilenos. Celebramos y compartimos el mensaje del Cardenal Errázuriz que nos convoca a cultivar una "mirada" de comunión nacional más allá de fórmulas políticas. Lamentamos por el contrario las mayoritarias reacciones que denotan aún soberbia, incapacidad de autocrítica y oportunismo político. La legitimidad de la demanda de justicia no cuestiona el fondo de otra demanda, en la que el futuro de nuestro país está en juego: la de lograr una solidaridad patriótica entre todos los chilenos, que fortalezca -en las diferencias y desacuerdos- los valores, emociones, identidades y afectos comunes.

Veo contenida en esta idea una fuerte necesidad ético política; pero también un imperativo que condiciona la posibilidad de construir un país mejor, del que nos sintamos orgullosos.

No quiero cerrar estas últimas líneas sin expresar mi agradecimiento a mi compañero de partido Víctor Manuel Rebolledo que, en un gesto que lo enaltece, decidió no competir internamente por esta candidatura senatorial, y además ser uno de los abanderados en mi campaña. Espero que esta germinal disputa haya generado discusión, diálogo y acciones relevantes para nuestro partido, en el desarrollo de los desafíos políticos que, estoy seguro, compartimos.

Agradezco también a mis amigos y compañeros del PPD en Arica y Parinacota y en Iquique que me han respaldado o bien han generado un amistoso diálogo. Entre todos haremos grandes cosas. Yo me comprometo a trabajar con todas mis fuerzas y espero estar a la altura de las expectativas.

Por último, para aquellos lectores que quieran continuar conociendo de mis trabajos, pensamientos y actividades, encontrarán lo necesario en la página www.elclub.net

En mi vida he llegado a entender una cosa fundamental: el mundo, más que algo ajeno que enfrentamos, es un horizonte de posibilidades, donde podemos situarnos desde una vivencia creadora y prolífica. Podemos abrir otras realidades, otros mundos, depende de nosotros y de nuestro ser con otros. Podemos finalmente cambiar y superarnos nosotros mismos. No aceptemos la creencia de que hay un momento en la vida en que ya no podemos aprender nuevas habilidades y destrezas, no podemos desarrollar, repotenciar nuestras virtudes, corregir nuestros defectos o crear nuevas alianzas y reponer confianzas. En fin, la vida no es un fatalismo escrito, pero si insistimos en ello seremos creadores y actores de este fatalismo.

Entiendo que ponerse en esta actitud requiere también sabiduría y prudencia para percibir los límites, que también se requiere coraje para aceptar lo que no se puede cambiar. Más bien, ha de ser una "prudencia activa", donde en la escala de prioridades el riesgo está un escalón más arriba que la seguridad, el cambio un peldaño sobre la tradición, el futuro uno arriba del pasado y los desafíos uno arriba de la mesura; pero con la conciencia que siempre debemos considerar las dos dimensiones del péndulo, para no vernos presa de la ansiedad.

Entonces, ¿de qué manera entiendo concretamos este cambio en nuestro estado de ánimo?.

Creando posibilidades: es decir, cultivando lecturas interpretativas del mundo, donde la preocupación e incertidumbre que provoca lo desconocido se funde con el cultivo de la percepción de los rasgos anómalos y los problemas no resueltos de los que podemos dar cuenta como país, y con la historicidad de la que somos parte. En su conjunto pueden articular creativamente la apertura de horizontes nuevos. Cuidando los espacios de diálogo y comparación para que no degeneren en desconfianza mutua y posterior resignación. Preservando un imaginario nacional colectivo, que es la nación, que se perpetúa como una de las maneras de dar sentido a nuestras tareas colectivas y a nuestros valores.

Le corresponde a los líderes de la sociedad, en todas las esferas, emprender estas tareas desafiantes. Sólo los liderazgos que así lo hacen, que enfrentan los riesgos que aquello implica, pasan a la historia como reales constructores y catalizadores de los países. Para ello requieren ser los primeros en imponer un estado de ánimo positivo y alimentarlo de perseverancia con la confianza en que los conflictos se van a superar, que la gente puede cambiar sus puntos de vista.